Libros

jueves, 27 de febrero de 2020

Mis "lecturas de verano" (2)





Las vacaciones permiten, entre otras cosas, echar una mirada de mayor duración sobre nuestra biblioteca. Ya no se trata de captar desde las alturas el libro urgente para tal o cual tarea: llámese planificar una clase, elaborar un ensayo o simplemente entregarse a la lectura. Descubrimos tras cortinas de polvo aquel libro abandonado injustamente por otro o invisibilizado por un cerro de ejemplares “más necesarios”. Fue así que reapareció ante mis ojos este diario de viajes de Bukowski. No recuerdo bajo qué circunstancias lo adquirí pero imagino que se trató de una compra compulsiva, sin ninguna convicción ya que el libro terminó rápidamente en las estanterías casi sin ser revisado. Empecé a leerlo en el jardín de la casa de mis padres mientras mi viejo bebía una copa de vino en honor al viejo Hank (aunque este hubiera preferido unas cervezas). Y si la pregunta es ¿qué podemos esperar de este texto de Bukowski? La respuesta resulta muy sencilla: lo de siempre. Y para los que disfrutamos de cuentos como “La chica más hermosa de la ciudad”, de la novela Factotum o de los poemas incluidos en Madrigales de la pensión, esto no está nada mal. En los diarios escritos durante su primer viaje a Europa (Francia y Alemania) Bukowski –como un ebrio Whitman- se celebra y se canta a sí mismo. Borracho desde la primera página se burla de la gran literatura, lee poesía para multitudes, se pelea en un masivo programa de la televisión francesa y no es bienvenido en la casa de la familia de su novia, la incansable Linda Lee. Las numerosas fotografías de Michael Montfort son una apoyatura provechosa para rellenar el cuadro de lo narrado por Bukowski, un marco firme para estas postales delirantes que se suceden sin piedad y que no nos dejan otra cosa que una mueca risueña tras abandonar el libro. No es poca cosa.  



miércoles, 26 de febrero de 2020

Mis "lecturas de verano" (1)





Siete libros me acompañaron durante los primeros dos meses del año. Fueron leídos en contextos de calma y tranquilidad, en paisajes arenosos y noches de calor extremo. Cada uno de ellos provocó una anotación post lectura que, a partir de ahora, empiezo a compartir con ustedes:

Los teléfonos de papel – Felipe Polleri (narrativa)
Shakespeare nunca lo hizo – Charles Bukowski (diarios)
Anatomía sensible – Andrés Neuman (ensayístico-poético)
Cadena humana – Seamus Heaney (poesía)
Nunca acaricies a un perro en llamas – Alberto Gallo (narrativa)
31 canciones – Nick Hornby (ensayo)
Siddhartha – Hermann Hesse (narrativa)

Mi interés por Polleri viene de larga data pero el impulso definitivo que me llevó a comprar uno de sus libros se lo debo a Mathías Iguiniz quien, en una tarde de mates, charlas y bebidas espirituosas enumeró una serie interesante de razones para adentrarse en la obra del autor de ¡Alemania, Alemania! Desgraciadamente, el texto elegido para esta auspiciosa iniciación no fue el más recomendable. En Los teléfonos de papel encontré un marcado interés por transgredir, tan marcado que resulta poco genuino. Intuyo –quizás de forma errónea- que Polleri juega con las cartas (luminosas) de sus obras previas, de su trayectoria, como si no fuera necesario, en cada nueva mano, barajar y dar de nuevo. En definitiva, un libro para sus lectores cultuales. A su favor debo decir que, durante la rápida lectura, se presiente la grandeza de la que Iguiniz, Eduardo Aguirre y otros tantos han sabido reconocer, y de la que yo no osaría dudar. Entiéndase, el libro es correcto pero para mí poco recordable, salvo por algunos pasajes asombrosamente poéticos y los sugestivos collages de Lucía Boiani que agregan una buena capa de interés a la vez que ofrecen una creativa interpretación. Hay mucho más Polleri. 

sábado, 8 de febrero de 2020

Gabinete poético - 4

Desconocemos la techumbre de un poeta como Federico Machado aunque la avizoramos estelar. Algo más sólido tenemos de su suelo; por eso comparto, aquí y ahora, este poema que pertenece a su Pandemia*. Nuevamente en marcha el Gabinete poético, esta vez con ánimo de invocar la necesaria lluvia.



escalas

yo también le tengo miedo al trueno, Marian
siempre se escucha
demasiado cerca
siempre se escucha
desde el fondo del cráneo
como tambores de piel
rogando escapar del agua

(demasiada memoria
demasiados ácaros en la almohada
demasiados dientes que devoran la cosecha)

187 kilómetros
el paso lento de la carretera
se escurre bajo tus ojos
como las luces rojas
-que sólo nosotros vemos-
haciendo interferencia
con la central eléctrica

(demasiada memoria
demasiados nervios oculares
demasiadas estatuas de sal en los jardines)

los motores se asfixiaron, Marian
ya no hay luces en el monte
ni truenos sonando
sólo relámpagos
alumbrando los cuerpos
inertes
en la costa




* Pandemia, Federico Machado, Dios Dorado, 2017.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Gabinete poético - 3



Abro las puertas chirriantes de mi gabinete poético y dejo a la luz de ustedes una nueva obra. Se trata de un poema de la indispensable Laura Cesarco Eglin (autora de la que ya he hablado en este blog) perteneciente al libro "Los brazos del saguaro"*. Pasen, miren, tomen nota: disfruten.







Habitar con propiedad

Está leyendo. No sé
qué le dice un árbol a ella
un árbol en la calle donde vive, la copa
en el segundo piso, ella en el tercero
verde desde ahí vive. Entre las ramas
la pelota cae fácil; la media azul demora
un poco más. Le calcula tres horas
con el viento de abril hasta madurar.
Ese es el recorrido al piso. Un damasco
con el contexto del árbol en el fondo es
más jugoso porque está pronto para ella
desde la copa, un intermedio, como todo.
Lo que se mira bien se lleva al medio
de ahí sale la tinta para decir árbol
que corra en los dedos las huellas
de la corteza, empieza a definirse un artículo.
El acercamiento




*Los brazos del saguaro, Laura Cesarco Eglin, Yaugurú, 2015.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Anoche leí de un tirón el nuevo libro de Liscano






   Lo relatado en Los orígenes -su conmovedora piedad filial recuerda a “Entre ellos” de Richard Ford- gira en torno a la figura de los padres del autor, su familia. Carlos Liscano sigue la pista de sus ancestros, narra con sencillez, claridad y concisión. Todo se vuelve sumamente íntimo pero a la vez cierta universalidad se revela: al arrimarnos esas vidas también se nos acerca su entorno, su contorno, un trasfondo en movimiento que es, ni más ni menos, la representación de diversos momentos del siglo veinte uruguayo. Como un explorador de la memoria (y el olvido) Liscano se sumerge en los antecedentes de su sustanciosa vida (dudas, sospechas y ratificaciones), luego la (re)transita aprovechando el filtro de la distancia que el presente nos ofrece. El resultado es una serie de cuadros donde disfrutamos el paisaje de sus recuerdos familiares, el barrio de su infancia, los rostros idos con los que ya es imposible dialogar. El texto de Liscano no es un simple desahogo catártico, se trata de una (re)construcción identitaria que, aunque personal, nos atañe como lectores. Porque nos ofrece emoción, nos conmueve y nos anima a reflexionar. En mitad de la lectura me sentí interpelado: “Alguien, al promediar la noche, seguirá leyendo”. Me enderecé en la cama, dejé a un lado estos apuntes y seguí leyendo hasta el final.








martes, 12 de noviembre de 2019

Gabinete poético - 2



Continúo montando las piezas de este Gabinete poético. Hoy es el turno de Daniel Zayas Aguilera, notable poeta cubano que ha tenido la gentileza de prestarme un texto perteneciente al libro “Partos bajo tierra”*. Con él, con este poema, la sala embellece. Bienvenidos. 





Poema en el que abuela pregunta por sus perros

Que seas feliz, feliz, feliz...
Abuela canta entre el bullicio.
Tío sube más la radio porque abuela canta
y no escuchó si fue bola o strike.
Yo aguardo el instante en que ella descubra
la complicidad de su nariz y la mía
para recordarle que soy su nieto
y recurrir a uno de esos noviembres
en que ella trazaba una línea sobre mi cabeza
para mostrar la evolución de mi estatura.
Finalmente me toma de las manos,
echa a llorar de la vergüenza
y, mientras le explico cuánto he crecido
ausente de sus días,
vuelve a preguntar por sus perros,
a rogar que no los maltraten,
a exigir el almuerzo que niega haber comido
o a entonar las notas de esa canción:
Que seas feliz, feliz, feliz
es todo lo que pido en esta despedida...
Y yo vuelvo a quedar sin edad ni rostro
como esas líneas inconclusas
en una pared de su cuarto.




* Partos bajo tierra, Daniel Zayas Aguilera, Ediciones Loynaz, 2017.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Gabinete poético - 1


Quizás con el objetivo de darle sentido y utilidad a mi blog pongo en marcha este “Gabinete poético”. Es decir, una habitación virtual donde pretendo exhibir -para estudiosos y/o curiosos- poemas que considero importantes desde mi gusto, “saber” y sentir. El primer cuadro de esta exposición es un bello texto de Pablo Barrios perteneciente a su conmovedor poemario “10/33 y otros cantos”*. Pasen, intervengan en este (mi) gratuito y arbitrario juego.





1

desaparecer
bajo tierra
al igual que

o mantenerme a flote
como ahora

ver árboles
estelares
brillantes
caracoles

tirarles sal

ver los astros
expandirse una
vez más

como siempre








* 10/33 y otros cantos, Pablo Barrios, Solazul ediciones, 2016.

Gabinete poético - 5

¿Cómo sería atravesar una cuarentena dentro de mi Gabinete poético? Esa pregunta me asaltó en esta nueva y repetida mañana. Decidí visit...