Las vacaciones permiten, entre otras cosas, echar una
mirada de mayor duración sobre nuestra biblioteca. Ya no se trata de captar
desde las alturas el libro urgente para tal o cual tarea: llámese planificar
una clase, elaborar un ensayo o simplemente entregarse a la lectura.
Descubrimos tras cortinas de polvo aquel libro abandonado injustamente por otro
o invisibilizado por un cerro de ejemplares “más necesarios”. Fue así que
reapareció ante mis ojos este diario de viajes de Bukowski. No recuerdo bajo
qué circunstancias lo adquirí pero imagino que se trató de una compra compulsiva,
sin ninguna convicción ya que el libro terminó rápidamente en las estanterías
casi sin ser revisado. Empecé a leerlo en el jardín de la casa de mis padres
mientras mi viejo bebía una copa de vino en honor al viejo Hank (aunque este
hubiera preferido unas cervezas). Y si la pregunta es ¿qué podemos esperar de
este texto de Bukowski? La respuesta resulta muy sencilla: lo de siempre. Y
para los que disfrutamos de cuentos como “La chica más hermosa de la ciudad”,
de la novela Factotum o de los poemas
incluidos en Madrigales de la pensión,
esto no está nada mal. En los diarios escritos durante su primer viaje a Europa
(Francia y Alemania) Bukowski –como un ebrio Whitman- se celebra y se canta a
sí mismo. Borracho desde la primera página se burla de la gran literatura, lee
poesía para multitudes, se pelea en un masivo programa de la televisión
francesa y no es bienvenido en la casa de la familia de su novia, la incansable
Linda Lee. Las numerosas fotografías de Michael Montfort son una apoyatura
provechosa para rellenar el cuadro de lo narrado por Bukowski, un marco firme
para estas postales delirantes que se suceden sin piedad y que no nos dejan otra
cosa que una mueca risueña tras abandonar el libro. No es poca cosa.
jueves, 27 de febrero de 2020
miércoles, 26 de febrero de 2020
Mis "lecturas de verano" (1)
Siete libros me acompañaron durante los primeros dos
meses del año. Fueron leídos en contextos de calma y tranquilidad, en paisajes arenosos y noches de calor extremo. Cada uno de ellos provocó una anotación post lectura que, a partir de ahora, empiezo a compartir con ustedes:
Los teléfonos de papel – Felipe
Polleri (narrativa)
Shakespeare nunca lo hizo –
Charles Bukowski (diarios)
Anatomía sensible – Andrés
Neuman (ensayístico-poético)
Cadena humana – Seamus Heaney
(poesía)
Nunca acaricies a un perro en
llamas – Alberto Gallo (narrativa)
31 canciones – Nick Hornby
(ensayo)
Siddhartha – Hermann Hesse
(narrativa)
Mi interés por Polleri viene de larga data pero el
impulso definitivo que me llevó a comprar uno de sus libros se lo debo a
Mathías Iguiniz quien, en una tarde de mates, charlas y bebidas espirituosas
enumeró una serie interesante de razones para adentrarse en la obra del autor
de ¡Alemania, Alemania! Desgraciadamente,
el texto elegido para esta auspiciosa iniciación no fue el más recomendable. En
Los teléfonos de papel encontré un
marcado interés por transgredir, tan marcado que resulta poco genuino. Intuyo –quizás
de forma errónea- que Polleri juega con las cartas (luminosas) de sus obras
previas, de su trayectoria, como si no fuera necesario, en cada nueva mano,
barajar y dar de nuevo. En definitiva, un libro para sus lectores cultuales. A
su favor debo decir que, durante la rápida lectura, se presiente la grandeza de
la que Iguiniz, Eduardo Aguirre y otros tantos han sabido reconocer, y de la
que yo no osaría dudar. Entiéndase, el libro es correcto pero para mí poco
recordable, salvo por algunos pasajes asombrosamente poéticos y los sugestivos
collages de Lucía Boiani que agregan una buena capa de interés a la vez que
ofrecen una creativa interpretación. Hay mucho más Polleri.
sábado, 8 de febrero de 2020
Gabinete poético - 4
Desconocemos la techumbre de un poeta como Federico Machado aunque la avizoramos estelar. Algo más sólido tenemos de su suelo; por eso comparto, aquí y ahora, este poema que pertenece a su Pandemia*. Nuevamente en marcha el Gabinete poético, esta vez con ánimo de invocar la necesaria lluvia.
escalas
yo también le tengo miedo al trueno, Marian
siempre se escucha
demasiado cerca
siempre se escucha
desde el fondo del cráneo
como tambores de piel
rogando escapar del agua
187 kilómetros
el paso lento de la carretera
se escurre bajo tus ojos
como las luces rojas
-que sólo nosotros vemos-
haciendo interferencia
con la central eléctrica
los motores se asfixiaron, Marian
ya no hay luces en el monte
ni truenos sonando
sólo relámpagos
alumbrando los cuerpos
inertes
en la costa
* Pandemia, Federico Machado, Dios Dorado, 2017.
escalas
yo también le tengo miedo al trueno, Marian
siempre se escucha
demasiado cerca
siempre se escucha
desde el fondo del cráneo
como tambores de piel
rogando escapar del agua
(demasiada memoria
demasiados ácaros en la almohada
demasiados dientes que devoran la cosecha)
187 kilómetros
el paso lento de la carretera
se escurre bajo tus ojos
como las luces rojas
-que sólo nosotros vemos-
haciendo interferencia
con la central eléctrica
(demasiada memoria
demasiados nervios oculares
demasiadas estatuas de sal en los jardines)
los motores se asfixiaron, Marian
ya no hay luces en el monte
ni truenos sonando
sólo relámpagos
alumbrando los cuerpos
inertes
en la costa
* Pandemia, Federico Machado, Dios Dorado, 2017.
miércoles, 18 de diciembre de 2019
Gabinete poético - 3
Abro las puertas chirriantes de mi
gabinete poético y dejo a la luz de ustedes una nueva obra. Se trata
de un poema de la indispensable Laura Cesarco Eglin (autora de la que ya he hablado en este blog) perteneciente al
libro "Los brazos del saguaro"*.
Pasen, miren, tomen nota: disfruten.
Habitar con propiedad
Está leyendo. No sé
qué le dice un árbol a ella
un árbol en la calle donde vive, la
copa
en el segundo piso, ella en el tercero
verde desde ahí vive. Entre las ramas
la pelota cae fácil; la media azul
demora
un poco más. Le calcula tres horas
con el viento de abril hasta madurar.
Ese es el recorrido al piso. Un damasco
con el contexto del árbol en el fondo
es
más jugoso porque está pronto para
ella
desde la copa, un intermedio, como
todo.
Lo que se mira bien se lleva al medio
de ahí sale la tinta para decir árbol
que corra en los dedos las huellas
de la corteza, empieza a definirse un
artículo.
El acercamiento
*Los brazos del saguaro, Laura Cesarco Eglin, Yaugurú, 2015.
viernes, 22 de noviembre de 2019
Anoche leí de un tirón el nuevo libro de Liscano
Lo relatado en Los
orígenes -su conmovedora piedad filial recuerda a “Entre ellos”
de Richard Ford- gira en torno a la figura de los padres del autor,
su familia. Carlos Liscano sigue la pista de sus ancestros, narra con
sencillez, claridad y concisión. Todo se vuelve sumamente íntimo
pero a la vez cierta universalidad se revela: al arrimarnos esas
vidas también se nos acerca su entorno, su contorno, un trasfondo en
movimiento que es, ni más ni menos, la representación de diversos
momentos del siglo veinte uruguayo. Como un explorador de la memoria
(y el olvido) Liscano se sumerge en los antecedentes de su
sustanciosa vida (dudas, sospechas y ratificaciones), luego la
(re)transita aprovechando el filtro de la distancia que el presente
nos ofrece. El resultado es una serie de cuadros donde disfrutamos el
paisaje de sus recuerdos familiares, el barrio de su infancia, los
rostros idos con los que ya es imposible dialogar. El texto de
Liscano no es un simple desahogo catártico, se trata de una
(re)construcción identitaria que, aunque personal, nos atañe como
lectores. Porque nos ofrece emoción, nos conmueve y nos anima a reflexionar. En mitad de la lectura me sentí interpelado: “Alguien,
al promediar la noche, seguirá leyendo”. Me enderecé en la cama,
dejé a un lado estos apuntes y seguí leyendo hasta el final.
martes, 12 de noviembre de 2019
Gabinete poético - 2
Continúo montando las piezas de este
Gabinete poético. Hoy es el turno de Daniel Zayas Aguilera, notable
poeta cubano que ha tenido la gentileza de prestarme un texto
perteneciente al libro “Partos bajo tierra”*. Con él, con este
poema, la sala embellece. Bienvenidos.
Poema en el que abuela pregunta por sus
perros
Que seas feliz, feliz, feliz...
Abuela canta entre el bullicio.
Tío sube más la radio porque abuela
canta
y no escuchó si fue bola o strike.
Yo aguardo el instante en que ella
descubra
la complicidad de su nariz y la mía
para recordarle que soy su nieto
y recurrir a uno de esos noviembres
en que ella trazaba una línea sobre mi
cabeza
para mostrar la evolución de mi
estatura.
Finalmente me toma de las manos,
echa a llorar de la vergüenza
y, mientras le explico cuánto he
crecido
ausente de sus días,
vuelve a preguntar por sus perros,
a rogar que no los maltraten,
a exigir el almuerzo que niega haber
comido
o a entonar las notas de esa canción:
Que seas feliz, feliz, feliz
es todo lo que pido en esta
despedida...
Y yo vuelvo a quedar sin edad ni rostro
como esas líneas inconclusas
en una pared de su cuarto.
* Partos bajo tierra, Daniel Zayas Aguilera, Ediciones Loynaz, 2017.
miércoles, 6 de noviembre de 2019
Gabinete poético - 1
Quizás con el objetivo de darle
sentido y utilidad a mi blog pongo en marcha este “Gabinete
poético”. Es decir, una habitación virtual donde pretendo exhibir
-para estudiosos y/o curiosos- poemas que considero importantes desde
mi gusto, “saber” y sentir. El primer cuadro de esta exposición
es un bello texto de Pablo Barrios perteneciente a su conmovedor
poemario “10/33 y otros cantos”*. Pasen, intervengan en este (mi)
gratuito y arbitrario juego.
1
desaparecer
bajo tierra
al igual que
o mantenerme a flote
como ahora
ver árboles
estelares
brillantes
caracoles
tirarles sal
ver los astros
expandirse una
vez más
como siempre
* 10/33 y otros cantos, Pablo Barrios, Solazul ediciones, 2016.
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