Cualquier arribo a una isla como esta viene precedido
de vientos favorables. Avizoré los cayos que rodean el nodo poético de Seamus
Heaney hace varios años, durante una de mis tediosas (pero instructivas)
jornadas laborales nocturnas. Allí visité poemas como “Sibila” y “Conduciendo
de noche” en la impagable A media voz (web que reúne la mejor poesía del
uni-verso). Tiempo después, la poesía de Heaney era para mí un viaje del que
apenas quedaban unas pocas fotografías mentales. Hasta que me topé con Bloom y
sus tan subjetivas coordenadas del mapa poético occidental. Si bien Bloom
dedica unas pocas páginas al Nobel irlandés es justo reconocer que su mirada fue
un golpe de timón, viento y oleaje propicio capaz de arrastrarme de regreso. Cadena humana es el proyecto poético de
un autor ya consolidado que, casi sin esfuerzo, alcanza una innegable universalidad
desde la sencillez, desde lo mínimo y, pocas veces, desde el impacto. El vacío
de “La casa a oscuras y la puerta abierta” (poema de la página 149) no se
materializa hasta varios poemas después, donde la comprensión de los espacios y
los silencios es la resonancia de un aletargado eco interior. Esa duración del
efecto es la virtud que desdibuja la aparente brevedad de los textos que un
lector desatento podría pasar por alto. Heaney repite este mecanismo, pinta
cuadros naturales donde privilegia los límites del mar (puertos, muelles) y de
los bosques (caseríos), cita a Dante entre versos sumamente prosaicos y elabora
una detallada red que tiende entre la forma y el contenido. El único reparo a
esta grata experiencia de lectura es extra-Heaney: la traducción. Demasiadas
licencias en el transcrear de Pura
López Colomé debido a su interés por replicar una imposible musicalidad.
sábado, 29 de febrero de 2020
jueves, 27 de febrero de 2020
Mis "lecturas de verano" (3)
Hay tantos Andrés Neuman como Neuman se proponga. Hay
un Neuman de la imponente Fractura y
hay otro Neuman del ínfimo aforismo. ¿A cuántos Neuman de distancia se
encuentra Hablar solos de las
Microrréplicas? ¿Qué tan Neuman son los haikus y sus diarios de viaje? ¿Y sus
cuentos, y sus diccionarios? Ahora que cierro Anatomía sensible, ahora que me despido de la coherente tersura del
material del libro pienso que todas las variantes de Neuman son predecibles en un aspecto: la excelencia. Sabemos que es
un autor joven, pero prolífico. Tiene poco más de cuarenta años, pero más de
veinte produciendo. Y siempre enmarcado en la calidad, en la creatividad, en el
ingenio. ¿Cuál es el libro malo de Neuman? Ok. ¿Cuál es el libro mediocre? Está
bien. ¿Hay alguno que no sea, por lo menos, bueno? Sabemos que las apuestas
poco tienen que ver con la literatura pero me juego todos los boletos a la
siguiente afirmación: en veinte años el Nobel será de Neuman. Bueno, está bien.
¿El Cervantes? Retiro un pie del delirio para decir dos cosas de Anatomía
sensible: 1) hay una forma de narrar el cuerpo de espaldas a la estética
instagramera, haciendo foco en la zona insospechada, rescatando el ojo, las
pecas o la herida; 2) hay una ensayística (¿hija de Paz, sobrina de Borges,
prima de Negroni…?) que sabe confundirse con la poesía, que provoca el juego de
espejos en un reflejo libre de jaulas estéticas, vacía del repetido precinto de
las citas. Así leo y leí Anatomía
sensible: como un libro capaz de generar en el vestíbulo de una biblioteca
o bajo el caparazón de una sombrilla un similar y único disfrute.
Mis "lecturas de verano" (2)
Las vacaciones permiten, entre otras cosas, echar una
mirada de mayor duración sobre nuestra biblioteca. Ya no se trata de captar
desde las alturas el libro urgente para tal o cual tarea: llámese planificar
una clase, elaborar un ensayo o simplemente entregarse a la lectura.
Descubrimos tras cortinas de polvo aquel libro abandonado injustamente por otro
o invisibilizado por un cerro de ejemplares “más necesarios”. Fue así que
reapareció ante mis ojos este diario de viajes de Bukowski. No recuerdo bajo
qué circunstancias lo adquirí pero imagino que se trató de una compra compulsiva,
sin ninguna convicción ya que el libro terminó rápidamente en las estanterías
casi sin ser revisado. Empecé a leerlo en el jardín de la casa de mis padres
mientras mi viejo bebía una copa de vino en honor al viejo Hank (aunque este
hubiera preferido unas cervezas). Y si la pregunta es ¿qué podemos esperar de
este texto de Bukowski? La respuesta resulta muy sencilla: lo de siempre. Y
para los que disfrutamos de cuentos como “La chica más hermosa de la ciudad”,
de la novela Factotum o de los poemas
incluidos en Madrigales de la pensión,
esto no está nada mal. En los diarios escritos durante su primer viaje a Europa
(Francia y Alemania) Bukowski –como un ebrio Whitman- se celebra y se canta a
sí mismo. Borracho desde la primera página se burla de la gran literatura, lee
poesía para multitudes, se pelea en un masivo programa de la televisión
francesa y no es bienvenido en la casa de la familia de su novia, la incansable
Linda Lee. Las numerosas fotografías de Michael Montfort son una apoyatura
provechosa para rellenar el cuadro de lo narrado por Bukowski, un marco firme
para estas postales delirantes que se suceden sin piedad y que no nos dejan otra
cosa que una mueca risueña tras abandonar el libro. No es poca cosa.
miércoles, 26 de febrero de 2020
Mis "lecturas de verano" (1)
Siete libros me acompañaron durante los primeros dos
meses del año. Fueron leídos en contextos de calma y tranquilidad, en paisajes arenosos y noches de calor extremo. Cada uno de ellos provocó una anotación post lectura que, a partir de ahora, empiezo a compartir con ustedes:
Los teléfonos de papel – Felipe
Polleri (narrativa)
Shakespeare nunca lo hizo –
Charles Bukowski (diarios)
Anatomía sensible – Andrés
Neuman (ensayístico-poético)
Cadena humana – Seamus Heaney
(poesía)
Nunca acaricies a un perro en
llamas – Alberto Gallo (narrativa)
31 canciones – Nick Hornby
(ensayo)
Siddhartha – Hermann Hesse
(narrativa)
Mi interés por Polleri viene de larga data pero el
impulso definitivo que me llevó a comprar uno de sus libros se lo debo a
Mathías Iguiniz quien, en una tarde de mates, charlas y bebidas espirituosas
enumeró una serie interesante de razones para adentrarse en la obra del autor
de ¡Alemania, Alemania! Desgraciadamente,
el texto elegido para esta auspiciosa iniciación no fue el más recomendable. En
Los teléfonos de papel encontré un
marcado interés por transgredir, tan marcado que resulta poco genuino. Intuyo –quizás
de forma errónea- que Polleri juega con las cartas (luminosas) de sus obras
previas, de su trayectoria, como si no fuera necesario, en cada nueva mano,
barajar y dar de nuevo. En definitiva, un libro para sus lectores cultuales. A
su favor debo decir que, durante la rápida lectura, se presiente la grandeza de
la que Iguiniz, Eduardo Aguirre y otros tantos han sabido reconocer, y de la
que yo no osaría dudar. Entiéndase, el libro es correcto pero para mí poco
recordable, salvo por algunos pasajes asombrosamente poéticos y los sugestivos
collages de Lucía Boiani que agregan una buena capa de interés a la vez que
ofrecen una creativa interpretación. Hay mucho más Polleri.
sábado, 8 de febrero de 2020
Gabinete poético - 4
Desconocemos la techumbre de un poeta como Federico Machado aunque la avizoramos estelar. Algo más sólido tenemos de su suelo; por eso comparto, aquí y ahora, este poema que pertenece a su Pandemia*. Nuevamente en marcha el Gabinete poético, esta vez con ánimo de invocar la necesaria lluvia.
escalas
yo también le tengo miedo al trueno, Marian
siempre se escucha
demasiado cerca
siempre se escucha
desde el fondo del cráneo
como tambores de piel
rogando escapar del agua
187 kilómetros
el paso lento de la carretera
se escurre bajo tus ojos
como las luces rojas
-que sólo nosotros vemos-
haciendo interferencia
con la central eléctrica
los motores se asfixiaron, Marian
ya no hay luces en el monte
ni truenos sonando
sólo relámpagos
alumbrando los cuerpos
inertes
en la costa
* Pandemia, Federico Machado, Dios Dorado, 2017.
escalas
yo también le tengo miedo al trueno, Marian
siempre se escucha
demasiado cerca
siempre se escucha
desde el fondo del cráneo
como tambores de piel
rogando escapar del agua
(demasiada memoria
demasiados ácaros en la almohada
demasiados dientes que devoran la cosecha)
187 kilómetros
el paso lento de la carretera
se escurre bajo tus ojos
como las luces rojas
-que sólo nosotros vemos-
haciendo interferencia
con la central eléctrica
(demasiada memoria
demasiados nervios oculares
demasiadas estatuas de sal en los jardines)
los motores se asfixiaron, Marian
ya no hay luces en el monte
ni truenos sonando
sólo relámpagos
alumbrando los cuerpos
inertes
en la costa
* Pandemia, Federico Machado, Dios Dorado, 2017.
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